“El fuego crepitaba a orillas del río Tamín. El grupo de hombres ataviados con gruesas pieles se congregó en círculo alrededor de la llama. A pesar de sus pesados ropajes y de la nada despreciable consistencia de la pira, algunos de ellos tiritaban y hacían castañear los dientes. Eran doce en total, trece, si contaban al muchacho musculoso y de piel bronceada, de cabellos rojizos y largos que se mantenían desprolijamente atados en una cola de caballo, de rostro poblado de pecas, que los observaba desde cierta distancia mientras jugueteaba nerviosamente con el pomo de una inmensa espada que dormía envainada, colgando de su cintura”.

MAURO INSAURRALDE MICELLI.